Reducto de Raevsky, 7 de septiembre de 1812
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| Voltigeurs franceses asaltando el reducto de Raevsky durante la batalla de Borodino, 1812 - por Keith Rocco |
La niebla se cernía sobre la llanura como una bestia blanca y helada que se devoraba el mundo. Se aferraba al campo de Borodinó con dientes húmedos, calando el tosco uniforme verde de lana de Nikolai hasta los huesos y depositando un sabor a tierra mojada en su lengua. A sus dieciocho años, era un muchacho larguirucho, aún creciendo dentro de una guerrera que le quedaba ancha de hombros, con unas manos más acostumbradas a la azada que al equipo militar. Solo había conocido el calor del campo y el olor a heno recién cortado; ahora, el aire era una mezcla nauseabunda de pólvora rancia, sudor agrio y el humo dulzón del tabaco barato que fumaban los veteranos para calmar los nervios en sus desportilladas pipas de arcilla . Estaban apostados en aquella herida de barro y madera que llamaban el Gran Reducto, el corazón palpitante de la defensa rusa.
No podía ver al enemigo, pero lo sentía. Sentía una presión en el pecho, un zumbido sordo que parecía nacer de las profundidades de la tierra. A su lado, el cañón de doce libras descansaba en silencio. Era una mole de bronce fría y oscura que se asentaba sobre su armazón de madera como un dragón somnoliento, esperando el roce de una chispa para escupir fuego . El sargento Aleksandr lo recorría con la palma de la mano, una mano ancha y callosa que parecía hecha del mismo material resistente que la cureña del cañón. Su rostro era un mapa de campañas pasadas: arrugas profundas surcaban las comisuras de sus ojos grises y una fina cicatriz blanca le cruzaba la ceja, recuerdo de Austerlitz. Se movía con una economía de gestos que delataba una vasta experiencia; no había un solo movimiento superfluo, solo el tintineo de la espada y el roce del barboquejo de latón contra las mejillas. Al pasar junto a Nikolai, se detuvo un instante. Sin decir palabra, ajustó el agarre del muchacho sobre una baqueta, una corrección brusca y precisa que transmitía más que cualquier arenga: aquí no hay lugar para errores.
El resto del equipo se movía como espectros en la bruma. Pavel, el cebador de San Petersburgo, un hombre enjuto con una energía nerviosa y unos ojos inquietos que no dejaban de escudriñar los rostros de los demás, enseñó sus dientes manchados en una mueca que pretendía ser una sonrisa.
—Dicen que los cirujanos de Bonaparte prefieren amputar a preguntar —masculló, su aliento formando una nube blanca—. Les ahorra tiempo para saquear los bolsillos de los muertos.
Nadie rió. Mikhail, el atacador, era un gigante silencioso de la estepa, un hombre tan macizo que parecía tallado en roble. Sus hombros anchos forzaban las costuras de su uniforme, y sus manos eran tan grandes que la baqueta del cañón parecía un simple palo entre sus dedos. Se persignó sin dejar de mirar al frente, sus labios moviéndose en una oración inaudible, su rostro sereno contrastando con la tensión palpable. Aleksandr lo silenció con una mirada que podría haber congelado el vodka.
Nikolai sintió un nudo de hielo en el estómago. En el bolsillo de su guerrera, la carta arrugada de su hermana parecía quemarle la piel. El no sabía leer, ni su hermana escribir, pero el escribano del pueblo le había hecho el favor de escribirla por ella y el químico de la compañía le había hecho el favor de leérsela a él. Hablaban de la cosecha, de sus hermanos pequeños ayudando en las tareas del campo y de los achaques de padre. Era un mundo que ahora parecía ajeno y distante. Deslizó los dedos sobre las balas de cañón apiladas a su lado. Eran esferas de hierro lisas, pesadas y frías. Cada una, una promesa de muerte que él, con sus propias manos, ayudaría a cumplir.
Entonces, el sol tiñó la niebla de un naranja sangriento. Y con la primera luz del día llegó el sonido. Primero, el aterrador silbido de cientos de proyectiles enemigos, un desgarro masivo en el tejido del aire. La tierra tembló, no como un trueno lejano, sino como un terremoto bajo sus pies. La Gran Batería de Napoleón había abierto la boca. Géiseres de tierra negra estallaron por todo el campo. Luego, un ominoso redoble de tambores comenzó a sonar, un pulso rítmico que se metía bajo la piel, el latido de un corazón monstruoso a punto de estallar. Era la obertura con la que se iniciaba un seguro día de furia, sangre, dolor y lágrimas.
—¡A sus puestos! ¡Distancia mil ochocientos! ¡Fuego a discreción sobre la columna de la izquierda! —rugió Aleksandr. Su voz, acostumbrada a imponerse sobre el estruendo, pareció el trueno que desató la tormenta. Se arrodilló tras la culata del cañón, un ojo cerrado y el otro alineando la mira con un punto invisible en la lejanía brumosa. Con movimientos cortos y precisos de su mano, guio a dos hombres que ajustaban la elevación con una cuña de madera.
El primero en moverse fue Pavel, el cebador, que ya tenía entre sus nerviosas manos el cartucho de pólvora, un paquete de color marrón en cuyo interior se encontraba la dosis de pólvora que haría que la bola de cañón volara hasta toparse contra el enemigo. Mikhail, cogiendo el acatador con una sola mano como quien atiza el fuego en el hogar de su casa, compactó si problema el cebo, sacando con velocidad la larga vara de atacar. La velocidad de sus movimientos contrastaban con el aspecto pesado de su cuerpo, que lejos de ser un problema, le hacía ser el soldado que más miradas recibía del regimiento. Le llegó el turno a Nikolai, en aquel pesado ballet. Con la torpeza de un novato, se deslizó con su pesada carga tambaleándose como un pato cojo y ayudándose de las dos manos, introdujo el proyectil, el cual emitió el característico siseo al deslizarse hasta la cama de cebo y pólvora que le esperaba al final del cañón. Mikhail volvió a acatar, para compactar aun más aquella mortal mezcla
—¡Listo! —gritó con una sonora voz
Pavel, el cebador, afirmó con la cabeza y perforó el cartucho de pólvora a través del oído del cañón con un punzón y vertió una fina línea de pólvora de cebo. Se apartó con rapidez. Otro artillero, con el botafuego humeante en la mano, esperó la orden final.
—¡Fuego!
El hombre aplicó la mecha al oído. Hubo un fogonazo violento, y el cañón saltó hacia atrás con un retroceso brutal que hizo temblar el suelo. El rugido golpeó a Nikolai en el pecho, pero fue solo una nota en una sinfonía infernal. A su alrededor, toda la artillería rusa respondió, y el aire se convirtió en un muro de sonido sólido que vibraba en los dientes y sacudía los órganos internos.
El mundo de Nikolai se redujo a un instante de caos absoluto. El rugido de su propio cañón lo golpeó en el pecho, pero fue solo una nota en una sinfonía infernal. A su alrededor, toda la artillería rusa respondió, y el aire se convirtió en un muro de sonido sólido que vibraba en los dientes y sacudía los órganos internos. Un fogonazo cegador borró la realidad, y el olor acre a azufre se hizo irrespirable.
La batalla lo había engullido. Pero antes de la infantería, llegó el hierro. El bombardeo francés se concentró en el reducto con una furia metódica. Nikolai escuchaba el silbido de los proyectiles que se acercaban, un sonido que crecía desde un zumbido de insecto hasta el rugido de un tren desbocado en una fracción de segundo. Se encogía por instinto, a pesar de saber que era inútil.
—¡A cubierto! —Se oyó gritar entre la orgía de estruendos y gritos que invadía aquel reducto.
Una bala de cañón impactó de lleno en una pieza de artillería cercana. Hubo un estallido de metal y madera, y los hombres que la operaban simplemente desaparecieron en una nube roja y de astillas. Un cañonazo impactó tan cerca de Nikolai que la onda expansiva lo arrojó al suelo. Se levantó, sordo y desorientado, con el sabor a tierra en la boca, y siguió corriendo hacia el polvorín. Pasó junto a un hombre que se arrastraba con una sola pierna, dejando un rastro húmedo y oscuro en el fango. No se detuvo. No podía.
—¡Más rápido, Nikolai! ¡El Emperador no espera! —le gritó Pavel, con una mueca salvaje en el rostro.
Mientras Nikolai corría, el resto del equipo trabajaba para devolver el cañón a su posición de tiro, empujando las pesadas ruedas de madera por las rampas de tierra. A su regreso, sin aliento y con los músculos en llamas, entregó el cartucho de pólvora y la pesada bala de cañón a Pavel. El cargador, con una pericia nacida de la repetición incesante, introdujo primero el cartucho en la boca aún caliente del cañón. Luego, con la bala de hierro en sus manos, la colocó con cuidado y la empujó hasta donde alcanzaba. Fue entonces el turno de Mikhail. El gigante silencioso tomó la larga baqueta, la introdujo en el cañón y, con dos golpes sordos y poderosos de sus hombros, empujó la carga hasta el fondo del ánima. El sonido sordo de la bala asentándose era la señal. El ciclo comenzaba de nuevo.
Su propio cañón era un monstruo insaciable. Cargar, atacar, disparar. Una y otra vez. Aleksandr, impasible en medio de la lluvia de metralla, se pegaba al catalejo, observando el efecto de sus disparos en las columnas francesas.
—¡Un poco a la derecha! ¡Bajad la elevación! ¡Haced que cuente! —ordenaba, y sus hombres obedecían con la precisión de una máquina, sus movimientos sincronizados por el terror y la disciplina.
El humo era un velo que se abría y cerraba, revelando fogonazos de la carnicería. En uno de esos claros, Nikolai vio al enemigo. Un mar de uniformes azules y bayonetas que brillaban bajo el sol como dientes de acero, avanzando imperturbables sobre sus propios muertos, abriendo brechas en sus filas que se cerraban al instante.
Una esquirla de metralla, zumbando como un insecto maligno, alcanzó a Pavel en el brazo. Soltó un aullido de dolor y rabia.
—¡Malditos! ¡Hijos de perra!
Aleksandr ni siquiera lo miró. —¡Recoge eso y carga! —bramó—. ¡Puedes sangrar después!
Pavel, con el rostro contraído en una mueca de dolor, se arrancó un trozo de la camisa con los dientes, se lo ató con fuerza sobre la herida sangrante y siguió con su tarea.
El aire se volvió sólido. El asalto principal francés inundaba el foso del reducto. El grito de "¡Vive l'Empereur!" era un rugido animal que lo envolvía todo.
—¡Bote de metralla! ¡Nikolai, metralla ahora! —aulló Aleksandr.
Corrió. Nikolai sabía lo que significaba. Era una carnicería a quemarropa. Agarró el cilindro de metal lleno de bolas de mosquete, más ligero que una bala maciza pero con un peso moral infinitamente mayor. Al volver, vio a Pavel esperando con las manos extendidas, su rostro una máscara de furia y expectación. Le entregó el bote. Pavel lo deslizó en la boca del cañón y Mikhail lo atacó con un solo y brutal golpe de la baqueta. Todo el proceso, que antes llevaba casi un minuto, se redujo a la mitad por la pura desesperación.
El cañón se convirtió en una escopeta infernal. Cada disparo segaba un pasillo entero en las prietas filas francesas. Nikolai vio cuerpos desmembrados volar por los aires, un horror geométrico de miembros y torsos. Vomitó violentamente, pero una adrenalina salvaje lo empujó a seguir corriendo.
En medio de ese infierno, mientras el gigante Mikhail atacaba la carga, un disparo de mosquete lo alcanzó en el pecho. Se desplomó hacia adelante, sobre el cañón aún caliente, sin un solo grito. Un siseo y un olor a carne quemada se mezclaron con el de la pólvora.
—¡Tú, al atacador! ¡Muévete! —le gritó Aleksandr a otro soldado.
Fue en ese instante de desorden cuando el primer francés saltó el parapeto. Luego otro, y otro más. Una docena, luego cincuenta. El reducto se convirtió en una trampa mortal.
Nikolai, con una carga de metralla aún en las manos, se quedó helado. Un soldado francés, un muchacho no mucho mayor que él, con una bayoneta calada, aterrizó frente a él y lanzó una estocada. No hubo pensamiento, solo instinto. Nikolai levantó el pesado cilindro de metal y lo estrelló contra el rostro del francés. Aturdido, el joven fusilero cayó de espaldas y Nikolai, arrastrado por el instinto más primario que un hombre tiene cuando nota la mano de la parca sobre su hombro, se abalanzó contra el que en ese momento era su enemigo. Quizás, en otras circunstancias, los jóvenes soldados hubieran compartido una pipa de arcilla, pero en ese momento todo se reducía a sobrevivir. Nikolai recogió el mismo bote con el había derribado al francés y, poniéndose encima, lo estrelló repetidamente contra el rostro del caído. No sintió nada, su mirada ciega no veía y solo se dejaba arrastrar por el movimiento mecánico de golpeo.
—¡Al cañón! ¡Defended el cañón! —rugía Aleksandr, su sable subiendo y bajando en arcos mortales.
La lucha se descompuso en un caos de combates individuales. Un artillero junto a Nikolai usaba una baqueta como un garrote, golpeando a un sargento francés con un sonido hueco y repugnante. Pavel apuñalaba con un cuchillo a un voltigeur que por el barro se arrastraba penosamente rumbo al parapeto en un vano intento de huir de su seguro destino.
La furia de hombres acorralados que luchaban por cada centímetro de su tierra pareció sorprender a los franceses. Durante unos minutos eternos, la batalla por el reducto se decidió a golpes de culata, cuchillo y puño. Finalmente, en una oleada de ira desesperada, lograron hacer retroceder a los asaltantes. Los empujaron de vuelta sobre el parapeto, acuchillando a los que dudaban, hasta que el interior del reducto volvió a ser, momentáneamente, ruso.
Lentamente, el humo se disipó. El asalto había sido repelido. El silencio que cayó fue antinatural, pesado, puntuado por los gemidos de los moribundos. La carnicería era absoluta. Cuerpos rusos y franceses yacían mezclados en un abrazo mortal.
Nikolai estaba sentado junto a la rueda del cañón, temblando con espasmos incontrolables. A sus pies yacía el soldado francés al que había matado. Sus manos, aferradas al bote pegajoso y sanguinolento, estaban negras de pólvora y sangre seca. Miraba sin ver el cuerpo de aquel joven fusilero con el rostro violáceo, hinchado y sangrante que, inerte, contemplaba aquel cielo ruso, plomizo y triste de septiembre.
El sargento Aleksandr se acercó, cojeando. Limpiaba la sangre francesa de su sable con un trozo de uniforme enemigo. Le ofreció su cantimplora.
—Bebe —dijo al fin, su voz ronca—. El próximo asalto no tardará.
Nikolai levantó la vista hacia el horizonte. Vio las columnas francesas, maltrechas pero no vencidas, reagrupándose. El miedo había desaparecido. En su lugar, había un vacío gélido. El muchacho que temblaba en la niebla de la mañana había muerto allí, durante aquel día de furia. El que quedaba era otra cosa. Un soldado. Algo más duro, más frío, más vacío.
