Relato Bélico: A la deriva

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El Grumman TBF Avenger rugía sobre el azul cobalto del Pacífico como un punto solitario bajo un cielo igualmente vasto y vacío. A bordo, el teniente Jack Miles mantenía un rumbo constante, sus jóvenes ojos azules escaneando metódicamente el horizonte infinito, la disciplina de la Academia Naval grabada en cada uno de sus gestos. A pesar de la monotonía de la patrulla antisubmarina al oeste de las Gilbert, su postura era de alerta con su optimismo inherente aún intacto tras meses de guerra.



Detrás, en la torreta acristalada que sobresalía como una burbuja sobre el fuselaje, el Sargento Frank Simmons observaba el mundo pasar con la mirada hastiada de quien ya ha visto demasiado. El sol tropical, el reflejo cegador del agua, el zumbido constante del motor Wright Cyclone... todo formaba parte de una rutina mortal que conocía demasiado bien desde los días anteriores a Midway. Masticaba su chicle con lentitud deliberada, un pequeño acto de rebelión contra la tensión y el aburrimiento.


Abajo, en el vientre del "Turkey", el Cabo Thomas "Tommy" Fleet luchaba contra el mareo y el calor sofocante de su puesto de radio y bombardeo. Era el más joven, apenas veinte años, y cada misión sobre el océano le provocaba una mezcla de terror y fascinación. Comprobó la frecuencia de radio por décima vez, aunque sabía que estaban demasiado lejos para un contacto claro con el USS Enterprise. El silencio crepitante de los auriculares solo aumentaba su sensación de aislamiento.


—Nada en el horizonte, Skipper —informó Frank por el intercom, su voz arrastrando las palabras—. Ni rastro de los japos. Probablemente estén echando la siesta.


—Mantén los ojos abiertos, Frank —replicó Jack con su tono siempre profesional—. La complacencia mata ahí fuera. Tommy, ¿alguna señal atmosférica inusual? El cielo parece estar oscureciéndose al noreste.


Antes de que Tommy pudiera consultar sus instrumentos o responder, la evidencia se hizo visible y ominosa. Lo que momentos antes parecía una distante y borrosa línea de nubes más oscuras en el horizonte, ahora se alzaba ante ellos como una muralla ciclópea, de un color morado negruzco enfermizo, hinchándose y expandiéndose con una velocidad antinatural. Relámpagos silenciosos, como venas incandescentes, parpadeaban en su interior. El aire dentro de la cabina pareció volverse denso, cargado de electricidad estática que erizaba el vello de los brazos. El azul brillante del cielo sobre ellos parecía encogerse, amenazado por la masa oscura que avanzaba.


—¡Skipper, mire eso! —la voz de Frank perdió su habitual tono socarrón, reemplazado por una urgencia genuina—. ¡Eso no es una nube de lluvia cualquiera! ¡parece un maldito tifón!


—Lo veo, Frank —respondió Jack, sus manos ya apretando los controles con más fuerza—¡Sujétense fuerte! ¡Vamos a atravesarlo! ¡Mantendremos rumbo y altitud! ¡Tommy, atento a la radio por si captamos algo al otro lado!


Pero la tormenta no esperó a que la atravesaran. Se abalanzó sobre ellos, los engulló. Un instante estaban volando bajo un cielo aún parcialmente soleado, y al siguiente, el mundo exterior desapareció, reemplazado por una oscuridad turbulenta y un muro de agua tan denso que parecía sólido. La lluvia martilleaba el plexiglás de la carlinga y el fuselaje con la furia de mil tambores enloquecidos, ahogando incluso el rugido del potente motor Cyclone. La visibilidad se desplomó a cero. Era como volar dentro de una botella de tinta agitada violentamente.


Y entonces llegó la turbulencia con una violencia pura y caótica. El Avenger fue agarrado por garras invisibles y lanzado hacia arriba con una fuerza que les pegó a los asientos, solo para caer en picado segundos después en un vacío que les dejó flotando contra los arneses con el estómago en la garganta. Luego vinieron los bandazos laterales, brutales, impredecibles, que les golpeaban contra los lados de la cabina. La robusta estructura del avión gemía y crujía bajo la tensión inhumana, como si fuera a desintegrarse en cualquier momento.


—¡Mantén el control, Skipper! ¡Por el amor de Dios! —gritó Frank, aferrándose a las asas de su torreta. su rostro parecía una máscara pálida en la penumbra.


—¡Lo intento, maldita sea! ¡Es como luchar contra un fantasma! —replicó Jack entre dientes, sus músculos tensos al límite, luchando por mantener las alas niveladas basándose en el horizonte artificial del indicador que oscilaba salvajemente—. ¡Tommy! ¿Estado?


—¡Radio muerta, Teniente! ¡Solo estática! ¡Y los instrumentos... están locos! ¡El compás gira sin parar! —la voz de Tommy era un hilo de pánico.


Jack echó un vistazo rápido a su propio panel. Era verdad. El indicador de velocidad subía y bajaba erráticamente. El altímetro parecía poseído. El horizonte artificial daba tumbos imposibles. Estaban volando a ciegas, siendo zarandeados sin piedad en el corazón de la furia elemental, sin tener la menor idea de su rumbo real o su altitud precisa sobre el océano invisible debajo. El sonido era ensordecedor: la lluvia torrencial, el aullido del viento, el rugido forzado del motor luchando contra las corrientes, el crujido ominoso del fuselaje y, de vez en cuando, el retumbar profundo de un trueno cercano que vibraba a través del metal.


Pasaron minutos que parecieron horas. Fueron lanzados, sacudidos, golpeados. La sensación de control era una ilusión. El avión era una hoja en la tormenta, a merced de fuerzas descomunales. Jack solo podía intentar mantener una actitud de vuelo aproximada, reaccionar a los bandazos más violentos, esperar que la estructura aguantara. Frank, normalmente locuaz en su cinismo, permanecía en silencio, probablemente rezando a su manera blasfema. Tommy sollozaba silenciosamente en su rincón, convencido de que cada segundo era el último.


Y entonces, tan abruptamente como había comenzado, terminó.


Salieron disparados de la oscuridad turbulenta a un cielo increíblemente azul y un sol cegador. La transición fue tan violenta que les dejó parpadeando, desorientados. El rugido de la tormenta fue reemplazado por el zumbido relativamente estable del motor. El avión dejó de ser sacudido. Pero el alivio duró apenas un instante.


Miraron a su alrededor. El océano se extendía hasta el infinito, pero era un azul diferente, más profundo, las olas más largas y espaciadas. El sol estaba en una posición extraña, demasiado bajo hacia el oeste. Jack miró sus instrumentos ahora estabilizados. El compás marcaba un rumbo completamente diferente al que intentaba mantener. El indicador de combustible había bajado alarmantemente.


—Tommy, intenta la radio de nuevo. Con todas las frecuencias. Llama al Enterprise, llama a cualquiera —ordenó Jack, una nueva clase de frío instalándose en su estómago, peor que el miedo de la tormenta.


Tommy obedeció, sus manos aún temblorosas. Llamó y llamó. Giró los diales. Solo el familiar y ahora aterrador siseo de la estática le respondió.


—Na…nada, Teniente —dijo finalmente, su voz quebrada—. Absolutamente nada. Es como si... como si no existiera nadie más.


Frank soltó un largo silbido. —Bueno, muchachos... creo que la tormenta nos ha llevado de paseo. Y me temo que nos ha dejado en medio de ninguna parte.


Se miraron los tres a través de las cabinas interconectadas. La inmensidad azul del Pacífico les devolvió la mirada, vasta, silenciosa, indiferente. La tormenta había pasado, pero su verdadera prueba acababa de comenzar. Estaban perdidos.


Jack consultó sus propios instrumentos, su rostro palideciendo visiblemente bajo el bronceado. Negó con la cabeza. —No. Podríamos estar a cientos de millas de nuestra ruta. Y el combustible...


No necesitó terminar la frase. Todos miraron el indicador. La aguja se acercaba peligrosamente a la marca roja.


Las siguientes dos horas fueron una agonía de menguante esperanza. Volaron en círculos amplios, luego en un patrón cuadrado, escudriñando desesperadamente el horizonte infinito en busca de una línea de costa, el humo de un barco, cualquier cosa. La radio permaneció muda. El motor empezó a toser, a fallar.


Ante ellos, solo había kilómetros y kilómetros de océano que se disipaba en el horizonte, fundiéndose con el cielo. Para los ojos cansados de Jack, daba la impresión de estar en el centro de una esfera que los envolvía en un mortal abrazo. Parpadeó para aclarar la vista y volvió sobre el verde panel de mandos y se fijó en el dial negro que observaba desde hacia horas, con aquella aguja indicadora que, como el dedo de la parca, iba acercándose al final del recorrido. Se estremeció.  


—Se acabó, muchachos —dijo Jack, su voz grave—. No queda suficiente para seguir buscando. 


No recibió respuesta alguna, todos sabían lo que eso significaba. 


—Vamos a tener que probar suerte en el agua. ¡Preparen posiciones para amerizaje! — ordenó marcialmente. 


El entrenamiento se impuso al pánico. Con movimientos rápidos y precisos, aseguraron todo el equipo suelto. Lanzaron por la borda las ametralladoras de repuesto y cualquier cosa que añadiera peso innecesario. Se aseguraron los chalecos salvavidas, comprobando las botellas de CO2. Frank sacó la balsa de goma amarilla y la colocó cerca de la escotilla de escape. Tommy envió una última ráfaga de SOS, una plegaria lanzada al éter. Jack redujo la potencia, alineó el Avenger con la dirección del oleaje, manteniendo el morro ligeramente levantado.


La ancha nave, a medida que se iba acercando al agua, iba dejando una estela blanca, fruto del giro de las aspas de la hélice. Jack redujo gas y el velocímetro fue descendiendo. Su mirada se alternaba ahora entre el altímetro y el horizonte artificial. Debía mantener el avión recto y controlar el descenso para minimizar el impacto. A pagó el motor y, poco a poco, la hélice fue deteniéndose hasta mostrar las aspas desnudas, haciendo que “Turkey” se convirtiera en el planeador más pesado de la historia por breves segundos. El altímetro estaba cerca de cero. Respiró hondo. 


—¡Agarraos fuerte! ¡Ahora!


El impacto fue de una violencia inaudita. Un estruendo de metal retorciéndose, el avión desacelerando brutalmente, el agua irrumpiendo por todas partes con una fuerza increíble. Fueron lanzados hacia adelante contra los arneses, con el aire siendo expulsado violentamente de sus pulmones. Oscuridad momentánea, confusión, el sabor salado y amargo del agua de mar llenándolo todo. Luego, la urgencia de salir. Jack luchó contra la presión para abrir la carlinga superior. Frank ya estaba saliendo por la escotilla lateral, tirando de la balsa. Ayudó a Tommy, que tosía y escupía agua, a salir. Luego a Jack. Remaron frenéticamente para alejarse del avión herido, cuyas alas aún flotaban precariamente. Vieron cómo el morro se hundía primero, luego el fuselaje, y finalmente la cola se elevó en un último saludo antes de deslizarse bajo las olas, dejando tras de sí solo un remolino de burbujas y un silencio repentino y sobrecogedor.


Estaban solos. Tres hombres en una balsa amarilla, un punto insignificante en la inmensidad azul. El sol golpeaba con fuerza, reflejándose en el agua con un brillo cegador. El mundo se había reducido a ese círculo de goma y al horizonte infinito y vacío.


Los días que siguieron perdieron el sentido, fundiéndose en un ciclo torturador de sol abrasador y noches frías y húmedas. La sed se convirtió en un demonio constante que los atormentaba con su afilado tridente. Jack administraba los sorbos de la lata de agua de emergencia con una disciplina férrea que rayaba en la crueldad, pero que sabían necesaria. Cada gota era un tesoro líquido que apenas humedecía sus gargantas resecas y sus labios agrietados que empezaban a sangrar. El hambre era un dolor sordo, persistente, que las duras galletas de supervivencia apenas mitigaban antes de acabarse por completo al tercer día.


El sol era un enemigo implacable. Su piel, a pesar de los intentos de cubrirse con trozos de sus uniformes mojados, se quemó, se ampolló y luego empezó a pelarse dolorosamente. La sal del agua de mar se incrustaba en cada herida, en cada rozadura provocada por el roce constante contra la goma de la balsa, causando un escozor insoportable. Las noches traían un frío que calaba hasta los huesos, y la oscuridad se llenaba de terrores imaginarios y reales: el chapoteo cercano de algo grande, la aleta dorsal de un tiburón que seguía la balsa durante horas con una paciencia ominosa.


Sus personalidades, despojadas de la rutina militar, chocaron y se erosionaron bajo la presión extrema. Jack luchaba visiblemente por mantener la fachada de optimismo y liderazgo. Organizaba guardias inútiles, escudriñaba el horizonte con prismáticos que solo le devolvían más azul, hablaba de estrategias de rescate, de la eficiencia del servicio de salvamento de la armada. Pero a veces, en la quietud de la noche, lo oían suspirar profundamente, o lo veían mirar fijamente la foto arrugada de una chica que guardaba en su cartera.


Frank se había encerrado en un mutismo cínico. Apenas hablaba, salvo para hacer comentarios sombríos sobre las probabilidades de supervivencia o para recordar, con detalles innecesariamente gráficos, la historia de aquel otro avión perdido de su mismo escuadrón del que nunca más se supo. Sin embargo, era él quien con más obstinación intentaba pescar, usando un anzuelo hecho con un imperdible y sedal arrancado de su propio uniforme. Era él quien reparó una pequeña fuga en la balsa usando un chicle y un parche del kit. Su pesimismo era una forma de prepararse para lo peor, pero su instinto de supervivencia era feroz.


Tommy se desmoronaba. La juventud y la falta de experiencia lo hacían el más vulnerable. Pasó del miedo silencioso a episodios de llanto desconsolado, y de ahí a una apatía profunda. Dejó de hablar, apenas comía o bebía cuando le tocaba su ración. Se pasaba horas mirando el agua con ojos vacíos. Empezó a tener fiebre, a delirar. Hablaba con su hermana, veía tierra donde solo había olas, intentaba beber agua de mar hasta que Frank se lo impedía con brusquedad.


La tensión entre ellos era palpable. Discutían por un sorbo de agua, por si debían remar o dejarse llevar por la corriente, por si las débiles esperanzas de Jack eran un consuelo o una tortura más. Pero también había momentos de extraña camaradería. Cuando una tarde cayó un chaparrón torrencial, trabajaron juntos con una eficiencia desesperada para recoger cada gota de agua dulce en la lona de la balsa, bebiendo hasta saciarse por primera vez en días, sintiendo cómo la vida volvía a sus cuerpos resecos. Cuando Frank, increíblemente, logró enganchar un pequeño atún, lo compartieron en silencio, cada bocado crudo y salado era un pequeño momento de alegría.


Pero los días buenos eran escasos. La mayoría eran una lenta tortura bajo el sol. Calculaban que llevaban a la deriva más de una semana. La balsa estaba desgastada, ellos eran poco más que maniquíes cubiertos de piel quemada y llagas. El agua de lluvia recogida se había acabado. Tommy apenas respondía. Yacía en el fondo de la balsa, su respiración un hilo apenas perceptible, sus labios amoratados y agrietados moviéndose en murmullos inaudibles. Jack y Frank estaban tumbados, exhaustos, la deshidratación nublando sus mentes, la esperanza convertida en una brasa moribunda. El silencio era casi total, solo el eterno susurro del mar y el débil estertor de Tommy. El final parecía ineludible, una claudicación silenciosa ante la inmensidad azul.


Fue Frank, quizás porque su oído de veterano estaba acostumbrado a distinguir sonidos anómalos incluso en el umbral de la inconsciencia, quien percibió algo. Un zumbido. Tan lejano, tan tenue, que al principio lo descartó como una alucinación, un truco cruel de su cerebro deshidratado. El sonido de su propia sangre, quizás. Cerró los ojos con fuerza, resignado.


Pero el sonido no se fue. Volvió, intermitente, como el latido de un corazón distante. ¿O era el viento? No. Era... rítmico. Mecánico. Con un esfuerzo que le pareció sobrehumano, Frank levantó la cabeza, sus músculos protestando agónicamente. Sus ojos inyectados en sangre, casi sellados por la sal y el sol, barrieron el horizonte resplandeciente. Nada. Solo el azul infinito y el sol como un martillo de fuego. Dejó caer la cabeza, la desesperación anegándole. Era solo su mente torturada.


—¿Frank...? —la voz de Jack fue un susurro apenas audible. Él también lo había oído.


Frank volvió a levantar la cabeza. Aguzó el oído, conteniendo la respiración. Allí estaba de nuevo. Más claro esta vez. Un gruñido grave, inconfundible. ¡El sonido de motores de avión!


Una fuerza desconocida, la pura adrenalina de la última esperanza, recorrió el cuerpo exhausto de Frank. Se incorporó sobre los codos, sus ojos escrutando frenéticamente el cielo hacia el este, de donde parecía venir el sonido.


—¡Jack! ¡Escucha! ¡Es real! ¡Son motores! —graznó, su voz rota por la emoción y la sequedad.


Jack también se incorporó, temblando por el esfuerzo. Ambos escucharon, el corazón latiendo desbocado. El sonido crecía, lento pero seguro. Y entonces, lo vieron. Un punto negro minúsculo, casi invisible contra el brillo del cielo. ¡Un avión!


La visión desató una energía frenética en sus cuerpos moribundos. Empezaron a agitar los brazos débilmente, a gritar con voces que eran apenas susurros roncos. Frank buscó a tientas el espejo de señales, sus dedos torpes intentando dirigir un destello hacia el punto distante.


—¡Tommy! ¡Tommy, despierta! —Jack sacudía suavemente al joven, cuya respiración era casi imperceptible—. ¡Un avión, Tommy! ¡Nos han encontrado! ¡Vamos a casa, muchacho! ¡Abre los ojos!


El punto negro crecía, definiéndose lentamente. No era un caza. Era grande. Tenía un ala alta, como un parasol... ¡Un PBY! ¡Un Catalina! Volaba bajo, en un patrón de búsqueda. ¿Los vería? ¿Vería esa mota amarilla en la inmensidad azul?


Agitaron con más desesperación, gritaron hasta que sus gargantas ardieron, lanzaron destellos con el espejo con la energía febril de la última oportunidad.


Y entonces, el Catalina viró. Se inclinó sobre un ala y cambió de rumbo, dirigiéndose directamente hacia ellos. ¡Los había visto!


La tensión acumulada durante días de agonía se rompió en una explosión de emoción incontenible. Lágrimas calientes, imposibles en sus cuerpos deshidratados, brotaron de sus ojos y surcaron sus rostros curtidos y agrietados. Se abrazaron torpemente, riendo y sollozando a la vez, una mezcla histérica de alivio y agotamiento. Miraron, sin poder creerlo aún del todo, cómo el gran hidroavión hacía una pasada baja sobre ellos, un gigante benévolo que les ofrecía la salvación. Vieron cómo se alejaba un poco y luego iniciaba su descenso cuidadoso hacia el mar.


El sonido de los motores del Catalina reduciendo la potencia, el brillo de sus flotadores al tocar el agua, la estela de espuma blanca que dejaba al amerizar a unos cientos de metros... eran la visión más hermosa que jamás habían contemplado. La puerta lateral se abrió. Vieron figuras humanas haciéndoles señas.


El rescate estaba allí. La odisea había terminado. El eco lejano de la esperanza se había materializado en las alas protectoras del Catalina. Habían mirado al abismo y habían regresado. Estaban vivos. Volverían a casa. Y en el silencio que siguió, mientras esperaban que el bote del PBY llegara hasta ellos, solo quedó la inmensidad del océano, el sol poniéndose en el horizonte, y la constatación silenciosa de la increíble, obstinada y frágil fuerza del espíritu humano.


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