Relato Bélico: El gorrión de Varsovia

0

Septiembre de 1939 olía a hierba cortada, a pino resinoso y, cada vez más, a humo y a miedo. El aeródromo de Zielonka, o lo que quedaba de él cerca de Varsovia, no era más que un campo salpicado de árboles bajo cuyos mantos protectores se ocultaban los últimos cazas del III/1 Escuadrón de Cazas. El joven Janek Nowak, recién llegado de la academia de vuelo de Dęblin con el uniforme aún rígido y la mirada chispeante llena de una vitalidad que chocaba con el entorno, sintió que el suelo bajo sus botas era inestable, precario. Aviones PZL P.11c, con sus inconfundibles alas de gaviota y su aspecto de pájaros robustos y anticuados, estaban siendo repostados a toda prisa con bidones, mientras mecánicos con las manos negras de grasa trabajaban con una urgencia silenciosa.



Janek se acercó a un grupo de pilotos reunidos alrededor de un mapa polvoriento extendido sobre el capó de un camión militar. Eran hombres mayores que él, aunque quizás solo por unos pocos años, pero sus ojos reflejaban una fatiga profunda, una tensión que vibraba bajo la superficie que se reflejaba en sus gastados monos de vuelo y los cascos de cuero carcomimos por el sudor. Nadie le prestó mucha atención al principio. Él se quedó allí, sintiéndose torpe y fuera de lugar con su bolsa de lona al hombro, observando el P.11c más cercano. Su montura asignada. El "Pezetel", como lo llamaban cariñosamente. Fijo, con sus carenados sobre las ruedas que parecían polainas, la cabina abierta al viento, y las dos ametralladoras Wz.33 asomando sobre el capó como los colmillos de un jabalí viejo, pero aún desafiante. El damero blanco y rojo en las alas  (la szachownica) brillaba con orgullo bajo una capa de polvo. "Pequeño pero valiente", pensó Janek, tragando saliva.


Un hombre con el rostro anguloso y galones de capitán en la guerrera se volvió hacia él. Era Zdzisław Krasnodębski, el comandante. Su mirada era azul, penetrante, agotada, pero directa.


—Nowak, ¿verdad? De Dęblin —dijo el capitán, sin extender la mano—. Bienvenido al circo. No hay tiempo para fiestas. Bombarderos en dirección a la capital. Necesitamos todo lo que pueda volar en el aire. Su aparato es el siete. ¡Jáźwiński! —gritó a un mecánico—. ¡Ayude al cadete!


Antes de que Janek pudiera siquiera asentir, un sonido agudo y penetrante rasgó el aire: la sirena de alarma manual. Gritos. Hombres corriendo. El caos estalló en actividad frenética.


—¡Alarma! Startować! —rugió el capitán—. ¡A los aviones! ¡Buena suerte, Nowak! ¡Manténgase pegado a su líder!


Janek corrió hacia el P.11c número siete, el corazón golpeándole las costillas como un tambor de guerra. Tropezó con una raíz, casi cayendo, recuperando el equilibrio con torpeza. "Maldita sea, Nowak, ni siquiera puedes correr derecho", se reprendió. Jáźwiński, un mecánico corpulento y bigotudo, ya estaba junto a la cabina abierta.


—¡Rápido, chico, rápido! —le urgió, ayudándole a subir y a ajustarse las correas del arnés y del paracaídas con manos expertas pero temblorosas—. ¡No les des tiempo a pensar!


Janek apenas tuvo tiempo de conectar su casco de cuero al intercomunicador improvisado cuando Jáźwiński ya estaba girando la manivela del arrancador de inercia. El motor Bristol Mercury tosió una, dos veces, soltó una nube de humo azulado y finalmente cobró vida con un rugido gutural que hizo vibrar cada nervio del cuerpo de Janek. Siguiendo a otros dos P.11c que ya carreteaban por el campo irregular, dio potencia. El pequeño caza saltó y vibró sobre la hierba antes de elevarse, dejando atrás el olor a tierra y pino, ascendiendo hacia un cielo inmenso y preñado de amenazas.


Subieron lentamente, en formación abierta. Janek luchaba por mantener su posición, el P.11c sintiéndose pesado, perezoso en comparación con los ágiles entrenadores de Dęblin. El viento helado le golpeaba la cara en la cabina abierta, obligándole a entrecerrar los ojos. Abajo, Varsovia humeaba. Múltiples columnas de humo negro se elevaban perezosamente hacia el cielo azul pálido, cicatrices obscenas en el paisaje. La rabia y una sensación de impotencia atenazaron la garganta de Janek.


—¡Contacto! —la voz de su líder de escuadrilla crepitó en los auriculares—. ¡Bombarderos a las once! ¡Altos! ¡Escolta de cazas! ¡Atacamos a los bombarderos! ¡Vamos!


Allí estaban. Una formación geométrica de Dornier Do 17, los "lápices volantes", brillando bajo el sol. Y por encima y a los lados, como lobos guardando un rebaño oscuro, varios Messerschmitt Bf 109. Janek sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Eran exactamente como en las siluetas de reconocimiento: afilados, modernos, angulosos, letales.


Su líder inclinó las alas y picó hacia los bombarderos. Janek le siguió, el estómago encogido. El aire se llenó de trazadoras. El tableteo agudo de sus dos ametralladoras Wz.33 sonó patéticamente débil en comparación con el estruendo general. Vio cómo las balas trazadoras de los artilleros de cola de los Dornier pasaban silbando cerca de su cabina. Descendió un poco e hiizo una pasada rápida, disparando una larga ráfaga hacia la panza de un bombardero, sin ver resultados claros. El caos era total. Aviones girando, disparando, el cielo rayado por estelas de humo y fuego. Vio un P.11c, no de su escuadrilla, recibir un impacto directo de un 109 y desintegrarse en una bola de fuego naranja. "Dios mío..."


Se concentró en seguir a su líder, que había dañado un Dornier y lo perseguía mientras éste intentaba huir humeando. Picaron tras él, alejándose de la batalla principal. Janek disparó otra ráfaga. El bombardero herido descendía. Parecía una victoria fácil... hasta que sintió una presencia a sus espaldas. Giró la cabeza instintivamente. Un Bf 109E, que se había descolgado de la escolta, estaba allí, pegado a su cola, creciendo rápidamente en tamaño. Su líder, concentrado en el bombardero, no lo había visto. Janek estaba solo.


—¡Líder, caza a las seis! ¡Rompa! —gritó por la radio, pero solo recibió estática. Demasiado tarde.


Su líder y el otro P.11c habían desaparecido, absorbidos por la inmensidad azul o por la refriega más abajo. Janek estaba aterradoramente solo. Un vacío helado se abrió en su estómago, una sensación muy diferente a la excitación nerviosa del combate en grupo. Esto era distinto. Esto era personal. Escudriñó el cielo, girando la cabeza, el cuello agarrotado por la tensión, el viento frío azotando su cara expuesta.


Y entonces lo vio.


No apareció gradualmente. Simplemente estaba allí, descolgándose del sol como un ángel exterminador con cruces negras pintadas en las alas. Un Messerschmitt Bf 109E. Elegante, aerodinámico, con el morro afilado y la carlinga cerrada que le daba un aspecto impersonal y mortífero. Comparado con su robusto pero anticuado "Pezetel", era como comparar un bisturí con un hacha de leñador. Janek sintió cómo se le secaba la boca al instante, un sabor metálico, como a sangre vieja, inundándola. El miedo, puro y paralizante, le recorrió como una descarga eléctrica. "Dios mío, es tan rápido...", pensó, mientras veía al caza alemán acercarse con una velocidad insultante.


El instinto, más rápido que el pensamiento consciente, tomó el control. Sabía, por las horas de estudio y las advertencias de los instructores, que huir era imposible. Trepar era un suicidio. Solo quedaba una opción: bailar. Bailar pegado al suelo, en el único terreno donde su ágil, pero lento P.11c tenía una mínima oportunidad: el viraje cerrado.


El 109 abrió fuego en su primer picado. Janek vio los destellos anaranjados bajo las alas del caza alemán antes de oír el sonido. Un instante después, el aire a su alrededor se desgarró con un sonido vicioso, como tela rasgándose a escala cósmica: el fuego combinado de las ametralladoras MG 17 y los cañones MG FF de 20mm. Instintivamente, metió la palanca a fondo hacia la izquierda y pisó el pedal con toda su fuerza. El P.11c protestó con un crujido, pero obedeció, girando con una violencia que le hundió en el asiento, la sangre agolpándosele en las piernas, la visión oscureciéndose en los bordes. Las trazadoras pasaron furiosas por donde él había estado una fracción de segundos antes, dibujando líneas incandescentes contra el azul profundo. Pudo oler el acre hedor de la cordita quemada incluso a esa distancia, un perfume infernal traído por el viento.


El Messerschmitt pasó rugiendo por debajo, su piloto sin duda frustrado por haber fallado un blanco tan aparentemente fácil. Janek recuperó el aliento en una bocanada temblorosa, el corazón latiéndole tan fuerte que parecía querer salírsele del pecho. Vio al caza alemán iniciar una trepada casi vertical, demostrando su aplastante superioridad de potencia. "No puedo dejar que gane altura", se dijo Janek, la mente trabajando a una velocidad febril. "Tengo que mantenerlo aquí abajo, obligarlo a girar conmigo".


Cuando el 109 volvió a picar, Janek ya estaba anticipando la maniobra. En lugar de un viraje horizontal, hizo un tonel rápido y descendió bruscamente, forzando al alemán a corregir su picado. El P.11c vibraba, el viento aullaba alrededor de los montantes de las alas. Sentía cada reacción del avión a través de la palanca y los pedales, como si fuera una extensión de su propio cuerpo tenso.


—¡Vamos, pequeño, vamos! —le susurró al avión, o quizás a sí mismo—. ¡Gira, maldita sea, gira!


El alemán, claramente un piloto experimentado, no se dejaba engañar fácilmente. No entraba en la danza de giros cerrados que Janek intentaba imponer. Seguía con sus tácticas de "Boom and Zoom", atacando en ángulos agudos, confiando en su velocidad y potencia de fuego. Cada pasada era una tortura. El silbido creciente del motor Daimler-Benz del 109 al acercarse, la fracción de segundo de terror puro mientras las balas trazadoras buscaban su avión, el alivio nauseabundo al verlas pasar de largo, seguido inmediatamente por la tensión de anticipar el siguiente ataque.


Janek sudaba profusamente bajo el casco de cuero, el sudor picándole en los ojos y empañándole las gafas, mezclándose con el aceite que salpicaba del motor forzado. Sus músculos empezaban a doler por el esfuerzo constante de controlar el avión en maniobras violentas. El miedo seguía allí, un nudo frío en el estómago, pero ahora estaba cubierto por una capa de concentración helada y una furia ardiente. La imagen de Varsovia humeando volvió a su mente. "No pasarán. No mientras yo respire".


En una de las pasadas, el alemán calculó mal por un instante, sobrepasando al caza polaco. Janek vio la oportunidad y tiró de la palanca hacia atrás con fiereza, tratando de colocar la mira sobre el caza enemigo. Apretó los disparadores. El tableteo de sus dos Wz.33 sonó casi reconfortante en medio del caos. Vio algunas de sus trazadoras rebotar inofensivamente en el blindaje del 109. Era como arrojar piedras a un tanque.


El alemán, quizás irritado, hizo un quiebro, ganó altura a toda velocidad y descendió más en su siguiente ataque. Esta vez, las balas impactaron. Janek oyó un ¡PANG! metálico justo detrás de su cabeza, seguido de un repiqueteo en el ala izquierda. Miró horrorizado cómo aparecían varios agujeros oscuros en el tejido plateado del ala. El avión se estremeció, pero siguió volando. "Demasiado cerca... demasiado cerca..."


Necesitaba cambiar algo. Desesperadamente, buscó una nube cercana, una masa algodonosa y solitaria que flotaba a menor altitud. Era un riesgo – podía perder de vista al enemigo, pero el enemigo también podía perderlo a él. Picó hacia ella, el motor del P.11c protestando. Entró en la blancura húmeda y cegadora. Por un instante, hubo silencio, solo el rugido de su propio motor y el silbido del viento. Contuvo la respiración, viró a ciegas dentro de la nube y salió por el otro lado, esperando haberlo despistado.


Pero el halcón seguía allí. Había anticipado su movimiento o simplemente había tenido suerte. El 109 salió de la nube casi al mismo tiempo, ligeramente por debajo y detrás, en una posición de tiro perfecta. Sin embargo, al seguirle dentro de la nube, el piloto alemán había perdido parte de su preciosa ventaja de velocidad. Estaba más cerca. Demasiado cerca para su gusto, quizás.


Janek no lo pensó. Reaccionó. Con un último y desesperado tirón de la palanca, forzó al P.11c a un viraje tan brutalmente cerrado que sintió cómo las alas crujían y la visión se le volvía gris por la fuerza G. Por un instante imposible, tuvo el vientre del Messerschmitt llenando su mira. ¡Ahora! Apretó los disparadores con toda la fuerza que le quedaba. Las dos ametralladoras escupieron su corta ráfaga de furia. Vio, con una mezcla de incredulidad y salvaje satisfacción, cómo sus balas trazadoras impactaban limpiamente cerca del radiador ventral del 109. Una delgada, casi tímida, estela de humo blanco  empezó a surgir del caza alemán.


"¡Le di! ¡Le he dado!", un grito silencioso de triunfo resonó en su mente. ¡Había herido al halcón!


Pero el triunfo fue una estrella fugaz en la noche de la batalla. El piloto alemán, un profesional frío y eficiente hasta el final, o quizás espoleado por la humillación de ser alcanzado por aquella reliquia volante, reaccionó con una velocidad y precisión letales. Ignorando su propia fuga de refrigerante, en vez de romper rumbo estabilizó su avión, corrigió la mira y, esperando a que Janek apareciera tomando altura en frente suya, desencadenó el infierno.


Esta vez, la ráfaga fue perfecta. Janek sintió, más que oyó, los impactos devastadores. Un sonido desgarrador de metal retorciéndose y explotando. El panel de instrumentos frente a él se desintegró en una lluvia de fragmentos. El motor recibió múltiples impactos y murió con un estertor metálico final, vomitando una densa nube de humo negro y aceite hirviendo que cubrió por completo el parabrisas. Un dolor agudo, como un hierro al rojo vivo, le abrasó el brazo izquierdo. El P.11c, herido de muerte, se encabritó como un caballo moribundo, las alas perdiendo toda sustentación. La palanca de mando se volvió inútil en sus manos. El avión cayó en picado, entrando en una barrena salvaje e irrecuperable. El mundo exterior se convirtió en un torbellino enloquecido de azul y verde. El aullido del viento en los cables y los agujeros del fuselaje se elevó a un grito agónico. Y luego, mientras la tierra se precipitaba hacia él a una velocidad vertiginosa, todo se volvió oscuridad.


...Silencio. Un silencio incómodo, pesado, roto solo por un leve crepitar y el goteo pegajoso de algún líquido. Janek abrió los ojos. El mundo estaba inclinado y olía intensamente a tierra removida, a gasolina y a algo quemado. Le dolía todo el cuerpo, especialmente el brazo izquierdo, que sangraba abundantemente. Estaba vivo. Colgaba de los arneses en la carlinga destrozada de su P.11c, que se había estrellado en un campo arado, atravesando una pequeña hilera de árboles que probablemente habían amortiguado el impacto final.


Con un esfuerzo supremo, luchando contra las náuseas y el dolor, consiguió soltarse y salir a trompicones de los restos humeantes. Se quedó de pie junto al amasijo de metal que había sido su avión, respirando con dificultad el aire fresco y terroso de su patria invadida. Estaba cubierto de barro, aceite y su propia sangre. Miró los restos del avión, su gorrión valiente. Luego, instintivamente, alzó la vista al cielo inmenso y vacío. Buscó al halcón alemán, pero ya no estaba.


Una oleada de rabia, de indignación, le recorrió el cuerpo. La derrota era palpable, la superioridad enemiga abrumadora. Varsovia ardía. Polonia sangraba. Pero mientras se limpiaba la sangre de la cara con el dorso de la mano sucia, una nueva certeza cristalizó en su interior, dura y fría como el acero. Esto no era el final. Era el principio. La lucha no había terminado con el derribo de su avión. Su guerra personal acababa de empezar.


Se irguió, ignorando el dolor punzante del brazo y el agotamiento que amenazaba con derribarle. Se ajustó la guerrera desgarrada de su uniforme. Miró hacia el este, hacia donde el sol empezaba a declinar. Y con una determinación férrea grabada en sus jóvenes ojos embarrados, Janek Nowak, piloto sin avión, soldado sin unidad, empezó a caminar. La resistencia tenía muchas formas, y él encontraría la suya. Volvería a luchar. Volvería a volar. La guerra, para él, apenas había comenzado.


Entradas que pueden interesarte

Sin comentarios